Rafael Rodríguez

Desfile de reyes
Del 21 de Agosto al 25 de Octubre, 2026

Museo de la Ciudad de Querétaro, Qro., México

Texto por Papus von Saenger

El padre, la fuente que se seca.

En octubre de 2023, Rafael fue invitado a una residencia artística en la Ciudad de México, llamada Pinturas Rupestres, donde los artistas invitados viven y trabajan en un estudio e intervienen las paredes —preparadas de antemano para que las obras puedan desprenderse—. Dado que el estudio se ubicaba en un edificio de Pani, se había planteado una investigación sobre arquitectura —después de todo, Rafael se formó como arquitecto—, pero la reciente muerte de su padre hizo que aquel proyecto le pareciera de pronto superfluo. Uno no puede sustraerse a sus propias contingencias; siempre se viaja consigo mismo.

Se mudó a la ciudad con varios objetos que rescató al vaciar el departamento de su padre: un cuaderno, cartas, una máquina de escribir, un escapulario, un diente que apareció debajo de la cama y el anillo de su tercer matrimonio. Su padre siempre tuvo miedo de perder el anillo, sobre todo al final, cuando ya estaba muy delgado y se le salía del dedo. Rafael le propuso llevarlo a un lapidario para ajustarlo, pero su padre se negó. «Me quitan el anillo el día que me muera», sentenció.

Por esos días, una amiga le regaló un libro de Sergio Loo, donde descubrió este poema:

«Calcar tu rostro hasta que sea otro
Recordar
Recordar es la forma correcta de tergiversarte Y olvidar
Arrancarte de mi álbum (cuerpo) fotográfico»

Esta fue la consigna: calcar el rostro de su padre hasta que se desvanezca. A partir de la fotografía de la credencial del IMSS que enmarcó, hizo sobre la pared un retrato al óleo que luego repitió, como un teléfono descompuesto o una fotocopia que va distanciándose del original. Como la fotografía era tamaño infantil, empezó a agrandar la escala y a liberar el trazo, hasta hacer una cara gigante a partir de retratos pequeños. Deformó la cara, distorsionó los rasgos, pero siempre reaparecía el padre, en alguna de sus versiones, en alguna de sus edades. El pasado coexiste en el presente que fue. Tal vez toda esta pieza sea una metáfora de la memoria que opera en un círculo, donde convergen anécdotas, alteraciones y veladuras, y que la muerte vuelve aún más delirante. También muestra lo vano de su estrategia, ya que muchas veces la presencia que se quiere borrar reencarna con más fuerza. Como un fantasma, el padre se duplica en el ejercicio paranormal de olvidarlo.

En el edificio que alojaba durante el día consultorios médicos, solo vivían él y un vecino con el que nunca hablaba. Por la noche resonaban pasos y sonaban alarmas. A las cuatro de la madrugada, el vecino se levantaba a hacer ejercicio y ponía a todo volumen la misma música que escuchaba su padre. Así, Rafael se despertaba cada día: con esa música, con su escapulario y con su padre mirándolo desde la pared. Entonces, marcó en otra de las paredes la circunferencia del anillo de matrimonio de su padre y, con un cincel, hizo un hoyo donde metió el diente; tal como en la película El inquilino de Polanski, donde el protagonista que vive en un departamento embrujado encuentra un diente incrustado en la pared.

Su amor es inestable: muchas veces desaparece, se retrae, se agota. El padre es una fuente que se seca. Pintar sobre las paredes, como niños o como locos: entre 1820 y 1823, Goya realizó sus famosas Pinturas Negras, catorce obras hechas directamente sobre el yeso de las paredes de su casa, la Quinta del Sordo. En una de ellas vemos a Saturno arrodillado, fijándonos con ojos desquiciados, sosteniendo a su hijo, que ya no es más que un pedazo de carne. Las leyendas parricidas griegas parten de la profecía de que el dios o el rey va a ser destronado por su hijo, y se vuelven caníbales para no ser reemplazados. Una alegoría que funciona tanto para el amor como para el poder o la guerra. Estas Pinturas Negras no tenían título, no fueron encargos, no recibieron más capas ni barnices; fueron pinceladas directas sobre un fondo negro, como gritos —¿o un diente?— atrapados en la pared. Cincuenta años más tarde, estos murales fueron trasladados a lienzo y donados al Museo del Prado de Madrid.

A veces hay que situarlo en una arqueología de los recuerdos. El padre es atávico y parco, desaparece y se expande: es sobre todo su relato. Hace algún tiempo, una amiga le contó que, cuando su padre falleció tras una larga pelea contra el cáncer, sintió una gran paz en el cuarto y, antes de cerrarle los ojos, vio que una membrana de un azul intenso los había recubierto. Un fenómeno post mortem asociado al color. Cuando Rafael tenía ocho años, su padre le compró una caja de pasteles Rembrandt de 180 colores diferentes en una pequeña tienda de arte en Querétaro. Fue un regalo lujoso, ya que aquellos pasteles se importaban de Europa. A pesar de presagiar su futura profesión, Rafael mantuvo la caja intacta todos esos años, pues nunca usó los colores para no gastarlos. Pero hubo otro regalo que sí usó. En 1997, su padre le regaló un coche para que pudiera ir a la universidad. El verano siguiente, Rafael lo vendió para hacer un tour por Europa. En ese viaje, visitó la Gruta Azul, una cueva marina en la costa de la isla de Capri a la que se accede en lancha y donde el mar se ilumina desde el fondo, gracias a una grieta sumergida que filtra la luz. También se dice que alguna vez hubo corredores subterráneos que conectaban la gruta con una catacumba donde se resguardaban las tumbas de los reyes de la isla. Su padre no viajaba; nunca conoció Europa. Rafael hizo un retrato de su padre muerto —esta vez a color— que colocó en el fondo de la caja de pasteles, a modo de féretro abierto, y lo expuso junto a los colores alineados y las fotografías de la gruta que tomó en aquel viaje. Tituló esta obra Gruta azul, tal vez por la luz que emerge de las profundidades o por los colores que provienen del negro.

Cuando el padre muere, ya había muerto. A los once años, su padre lo llevó a desenterrar a su abuelo para meterlo en una urna. Rafael le preguntó por qué lo llevaba a él, y entendió que era para asignarle la misión de enterrarlo un día, reforzando así la genealogía. Su padre, a quien siempre le gustó la tradición de los Reyes Magos, murió el Día de Reyes. Cuando se sintió muy mal, Rafael fue a buscarlo para llevarlo al hospital, pero vivía en el centro de Querétaro y no pudo llegar en coche porque por su calle pasaba el desfile. Rafael tuvo que sacarlo en silla de ruedas y sortear la multitud. Murió en el camino o bien al llegar al hospital. De ese episodio surgió el título de la exposición presentada en la residencia: Desfile de Reyes. Más tarde, atendiendo aquel mandato silencioso, lo cremó y depositó su urna junto a la de su abuelo en la cripta familiar. El padre es una figura ambivalente, hecha de fragmentos que uno quiere recomponer en una caja.

De niño, Rafael iba al club con su padre, quien jugaba tenis y usaba el vapor. Era un universo estable y bien definido, regulado por un orden que separaba lo masculino de lo femenino, y que dibujaba un futuro bastante ordinario que Rafael ansiaba: el de un oficinista no demasiado exitoso, casado, con familia y una secretaria que tal vez llegaría a ser su amante. Después, Rafael no pisó el club en treinta y cinco años. Cuando regresó, le extendieron la membresía —algo poco habitual—, la secretaria le besó la mano y le dijo: «Tu padre trajo mucha alegría a este lugar». ¿Quién era ese padre, estricto y distante en casa, y tan popular en el club? Rafael retomó el tenis porque quería usar las raquetas de su papá. El club que una vez presagió su futuro se convirtió en una máquina del tiempo que lo regresaba a los años ochenta; y allí, desnudo entre volutas de vapor, Rafael hablaba con los amigos que le sobrevivían, escuchaba las conversaciones que pudo tener su papá y contaba los mismos chistes. El hijo caníbal que se introduce en él.

En Tótem y tabú, Freud menciona el concepto de padre primordial —aquel que establece las reglas, el orden y el lenguaje— y afirma que intentar eliminar al padre equivale a subvertir el orden simbólico per se. Esto es, una imposibilidad; una reducción cínica o un empobrecimiento de la estructura invisible del Logos.

Su abuelo se llamaba Rafael. Su padre, Arturo. Rafael —el nieto— se llama Rafael Arturo, pero lo llamaban Arturo y en la adolescencia empezó a usar Rafael para distanciarse de su padre. Años después, encontró entre los papeles de su padre un acta notarial donde había cambiado oficialmente su nombre de Rafael a Arturo. Entonces, Rafael encargó en el mismo lugar donde hicieron la urna unas placas con sus nombres y las pegó sobre tres trofeos coronados: para conjurar y abrazar simultáneamente el pánico de convertirse en su propio padre, y completar algo que ya estaba esbozado. Desfile de Reyes fue una pieza compuesta de tres trofeos alineados, apenas iluminados, expuestos en un pasillo cerrado que casi nadie vio. Solo los que leyeron el texto y preguntaron.

Rafael Rodríguez (Querétaro, 1977) Rafael Rodríguez estudió arquitectura y se ha dedicado a las artes visuales desde 1998. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores FONCA desde 2014 y 2019 . Su trabajo se ha presentado en galerías y museos de México, Inglaterra, Alemania, Canadá, Estados Unidos, España, Suecia y Austria. En 2006 su pintura “Modelos para un autorretrato / Lola” fue seleccionada para ser exhibida en la National Portrait Gallery de Londres en la vigésimo séptima edición del concurso BP Portrait Award, en el que obtuvo el segundo premio. En 2006 y 2009 se hizo acreedor a la Beca Nacional de Jóvenes Creadores del FONCA. Ha obtenido diversos premios y reconocimientos a su trabajo en el ámbito local y nacional. Ha impartido los talleres de pintura en espacios como Museo de la ciudad de Querétaro, Centro de las artes San Agustín en Oaxaca y Museo MARCO de Monterrey. Sus exposiciones más recientes han sido Camino de chinos en el Museo de Arte Contemporáneo de Querétaro en 2020 , Fenómeno Solar en Museo Alhondiga de Granaditas Guanajuato 2022 y Carte de Tendre en Museo de la Ciudad de Querétaro 2023.

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