Dorian Fitzgerald

Meghalayan
Del 9 de Mayo al 26 de Julio, 2026

Museo de la Ciudad de Querétaro, Qro., México

Texto por Enrique Giner

A mediados de los años veinte —del siglo pasado—, Aby Warburg concibió el Atlas Mnemosyne: una constelación de imágenes dispuestas sobre paneles móviles, fijadas con tachuelas que permitían su constante reacomodo. Reproducciones de obras clásicas convivían con recortes de prensa, diagramas astronómicos y fragmentos de su tiempo. En ese gesto, aparentemente caótico, se ensayaba otra forma de pensar la historia: no como una línea, sino como un campo de fuerzas donde las imágenes, al cambiar de lugar, transforman su sentido. Mnemosyne, hija de Urano y Gea, encarnaba aquí la memoria, origen de las artes, la poesía y el conocimiento.

Esa lógica combinatoria encuentra un eco preciso en el llamado efecto Kuleshov, formulado por el cineasta ruso Lev Kuleshov: un mismo rostro adquiere significados distintos según la imagen que lo acompaña. Un plato de sopa, una niña en un ataúd o una mujer recostada sobre un diván podían alterar profundamente su lectura. La narrativa no reside en una imagen aislada, sino en la relación entre ellas; es en ese cruce donde se construye el significado.

La obra de Dorian FitzGerald se inscribe en esta tradición de desplazamientos y relecturas. Su práctica parte de una acumulación voraz de imágenes provenientes de revistas, libros, archivos personales y memorias fragmentadas. Desde temprana edad, la figura del científico David Suzuki y su serie The Nature of Things introdujeron en el artista una conciencia temprana sobre el desequilibrio ecológico y la inacción política, postura entonces percibida como alarmista. Esa tensión entre advertencia y fascinación se filtra en su trabajo como una capa persistente.

A este archivo íntimo se suman imágenes de gran belleza, de procedencias diversas: revistas, fenómenos volcánicos, impactos de meteoritos. La erupción del Monte Santa Helena en 1980, vista en una portada de National Geographic, se instala como una imagen fundacional: una fuerza casi incomprensible, miles de veces superior a la bomba de Hiroshima, de una belleza inquietante. Fuerzas geológicas que exceden lo humano y que se vuelven objeto de fascinación.

FitzGerald articula estas referencias desde una lógica casi enciclopédica. Sus pinturas funcionan como procesos de traducción: imágenes que se sedimentan, se distorsionan y reaparecen en capas, generando una fricción constante entre el accidente y el ornamento, entre la crítica y el deseo.

En ese cruce, su obra toma forma como un atlas personal donde la memoria, la historia y lo aparentemente banal conviven sin jerarquías. Se abre también una reflexión sobre nuestro tiempo, marcado tanto por el Meghalayan como por la persistente idea del Antropoceno, mientras su fascinación por objetos devocionales y formas de lujo introduce una contradicción inevitable.


Dorian Fitzgerald nació en Toronto en 1975, donde vive y trabaja. Es licenciado en Arte e Historia del Arte por la Universidad de Toronto y el Sheridan College. Sus pinturas, a menudo de gran formato, representan las locuras y los excesos de los ricos mediante una técnica peculiar que lleva perfeccionando desde hace varios años. Su obra ha sido expuesta en la Art Gallery of Hamilton, la Blackwood Gallery, la Universidad de Toronto en Mississauga; el Museo de Bellas Artes de Montreal; la Galerie de L’Université du Québec à Montréal y el Museo de Arte Contemporáneo Canadiense (ahora MoCA), en Toronto, entre otros. Su obra forma parte de varias colecciones públicas y privadas, entre ellas las del Museo de Bellas Artes de Montreal, la Art Gallery of Hamilton y la Colección Donald Sobey.